“El Palacete de los Figuera: Historia, Arte y una reivindicación” por Enrique Fernández Bolea

Tras el portentoso hallazgo del filón de galena argentífera del barranco Jaroso, en Sierra Almagrera, Cuevas y sus habitantes vivieron una veloz transformación que se mostró en numerosos aspectos de la cotidianidad. En muy poco tiempo algunas familias de oligarcas agrícolas que participaron en las primeras sociedades mineras se enriquecieron hasta niveles que nadie podía haber imaginado poco antes. Los beneficios de aquellas minas los condujeron hasta la opulencia. Tanta riqueza se encauzó hacia algunas inversiones preferentes, como el aumento de la hacienda –nunca abandonaron su estrecha vinculación a la tierra- mediante la compra masiva de los mejores predios en la vega cuevana, y una vez agotada ésta se interesaron por fincas rústicas situadas en los municipios comarcanos y por otras más alejadas que integraban las vegas de Lorca, Almería, Motril, Granada, Murcia y hasta Valencia. Otro destino de los beneficios mineros fue la morada, la mejora de la residencia familiar, más acorde al nuevo estatus. Pronto, algunos de estos afortunados accionistas iniciaron la compra de pequeñas casas colindantes, las derribaron y sumaron los solares hasta conseguir una parcela de amplia superficie adecuada a sus nuevas pretensiones. Al mismo tiempo, de motu proprio en no pocos casos, los promotores de estas flamantes viviendas cedieron una parte de su solar a la calle o plaza a la que se asomaban las fachadas principales con la intención de conceder una mayor visibilidad al nuevo edificio. De este modo, sin demasiada planificación, durante la década de 1840 la localidad contempla una notable transformación urbanística que se tradujo en la proliferación de casas de hasta tres plantas que daban a calles y plazas cada vez más alineadas, concediendo una cierta regularidad a la casi inalterada plata morisca que había llegado hasta aquel momento.

Pues bien, todavía en ese contexto de mutación urbanística, aunque en época tardía, habría que situar la construcción del palacete de los Figuera. Nos encontraríamos, pues, entre 1845 y 1850. Basta analizar la sobriedad de la fachada y la distribución de los vanos, con especial atención al soberbio portón de entrada coronado por balconada de piedra, para no dudar de su concepción historicista, tan en boga durante estos años. La solidez y sobriedad del edificio, con escasísimos alardes ornamentales, nos recuerda la de Torcuato Soler Bolea, datada su construcción en 1844, así como otras del entorno de la plaza de la Constitución que se levantaron sin duda durante este mismo período, eligiendo como lugar preferencial la cercanía a los dos centros de poder por antonomasia: el Ayuntamiento y la Iglesia. Alguien podría objetar que en la cancela de la entrada aparece el año 1881 y defender éste como fecha de su construcción. Contrarrestaría tal creencia fundamentándome en el estilo arquitectónico, el historicismo, ya superado durante estas fechas por otra corriente mucho más ecléctica en donde se vislumbran los primeros escarceos de un incipiente modernismo. Nada tiene que ver la fachada de los Figuera con las casas que, sobre todo en la década de 1870 a raíz de la nueva riqueza que aporta el descubrimiento de plata nativa en Herrerías, se van a levantar en la calle de El Pilar, en la plaza de Valparaíso (actual Glorieta) y en la calle de la Rambla, donde esa sobriedad y contundencia arquitectónica de las casas burguesas de la primera época, como la de los Figuera, muta en soluciones más imaginativas, con mayor profusión decorativa en las fachadas, como pilastras dotadas de basas y capiteles, ornamentaciones en los dinteles de los vanos, rejerías más afiligranadas, miradores, balcones, etc. La fecha que aparece sobre la cancela de la entrada, en fin, sólo nos daría a conocer el año en que ésta fue fabricada o colocada en su lugar, es decir, nos informaría de una de tantas reformas y añadidos que pudo tener la casa a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX.

Según la restauradora María de Haro Rivas, autora de un proyecto para la puesta en valor de las pinturas de la casa, habría sido Diego Martínez Mula quien la mandase construir por los años ya mencionados. Contrajo matrimonio con María Magdalena Márquez de Mula cuyo hijo, Miguel Martínez Márquez la heredaría años después de sus padres. Éste se casó con Catalina Soler Márquez, miembro de una de las familias más adineradas de la Cuevas de finales del XIX, pues su padre, Manuel Soler Gómez, empresario metalúrgico (propietario de La Esperanza) y banquero (prestaba dinero siempre avalado por propiedad rústica o urbana), dejó a su muerte en 1891 una de las fortunas más abultadas de la provincia. De aquella unión nacería María Magdalena Martínez Soler, quien en 1900 se casó en segundas nupcias, cuando contaba 23 años de edad, con Juan Figuera de Vargas y Coche, ingeniero de minas nacido en París, por quien este palacete recibe su actual nombre, a mi modo de ver de forma poco apropiada.

Esta casona atesora un patrimonio decorativo de valor supremo gracias a la sensibilidad y buen hacer del artista que lo ejecutó. Se trata del dibujante, pintor, decorador y escritor almeriense, nacido en 1864, Antonio Fernández Navarro, quien entre 1902 y 1903 afrontó de manera muy meritoria el adorno de las paredes y techos de la suntuosa casa de Catalina Soler Márquez. Aunque los ornatos pictóricos de inspiración modernista se reparten por todas las dependencias de la mansión, con guirnaldas de crisantemos, lotos y otros motivos florales, su alarde y mérito creativo se concentró en cuatro estancias: el comedor, en cuyo techo, enmarcado por un artesonado, luce una luminosa composición protagonizada por niños que juegan con flores; el fumador o sala de fumar, pintada al óleo en sus paredes y techos, con motivos orientales que desvelan la fecunda imaginación del artista; el salón, embellecido por un magnífico fresco que representa una alegoría de la primavera; y el patio de luces, todo él profusamente decorado y coronado en el techo del tragaluz por un fresco titulado “Crepúsculo”, que es “una preciosa composición en la que la Noche y el Día, felices estudios del desnudo, se agrupan”.

Pues bien, tal legado de nuestro arte decorativo, despliegue de un fertilísimo modernismo, aguarda paciente –casi desesperanzado, diría yo- esa acertada intervención que le devuelva su antiguo esplendor. Ha pasado demasiado tiempo desde que finalizasen los trabajos de recuperación y consolidación del edificio; han transcurrido demasiados años desde que se presentase un primer proyecto para la restauración de estas pinturas, prolongado intervalo que no ha contribuido precisamente a la conservación de las mismas, sino, más bien a lo contrario, al haber acentuado un deterioro innegable. Las instituciones, cuando asumen bajo su responsabilidad y custodia nuestro patrimonio, deben ser consecuentes y afrontar su restauración, sobre todo cuando las circunstancias son propicias. Y ahora lo son. Una concejalía como la de Cultura, con un presupuesto tan bien dotado como el actual, podría destinar parte del mismo a devolver la plenitud a esta hermosa muestra de nuestro arte decorativo. Bastaría con reservar un porcentaje anual a este objetivo; eso sí, ello iría en detrimento de las efímeras, a veces inconexas y poco oportunas actividades que se programan, de escasa repercusión y limitada impronta. El futuro de un pueblo reside, en parte, en su patrimonio histórico, monumental y cultural, en su custodia, cuidado y divulgación; y hay que procurar ampliarlo y engrandecerlo, sin olvidar nunca nuestra realidad, siendo más ambiciosos en el cuidado de lo que ya se posee, en su reivindicación y promoción permanentes, que en aspiraciones caprichosas muy alejadas en ocasiones de nuestras posibilidades.

Enrique Fernández Bolea

Cronista Oficial