ORIGEN DEL NOMBRE DE LA CALLE “EL FAROL” (Leyenda cuevana) por Pedro Perales Larios

Si bien los grandes sucesos y acontecimientos que han influido en el desarrollo y progreso de la humanidad parten de hechos concretos actualmente de sobras conocidos gracias a los numerosos y frecuentes estudios dados a conocer por diferentes autores, lo cierto es que una gran mayoría de sucesos y acontecimientos no considerados de trascendental importancia por la sociedad de su época no pasaron a inmortalizarse en los anales de la historia por su escasa relevancia.  La mayoría de éstos quedaron reducidos al limitado, y frecuentemente local, ámbito de la anécdota, dando así pábulo a la fantasía popular y acrecentando el rico fondo de esa parte del folclore que se nutre de la fábula, el mito y la leyenda. Sabemos que esta dimensión popular de la literatura se ha venido transmitiendo oralmente de generación en generación, condición ésta que con el paso del tiempo ha terminado difuminando la línea divisoria entre la historia y el imaginario colectivo.

Este es el caso de una bonita y romántica leyenda de amor que cuenta la relación entre una joven pareja de enamorados sucedida en la Villa de Las Cuevas. Se titula “La Virgen de los Cuatro Cantones” y nos cuenta que corrían los tiempos revueltos y de agitación social de mediados del siglo XVI en los que los marqueses de Los Vélez actuaban despóticamente llevados por su avaricia y afán recaudador como auténticos reyezuelos en las tierras de su señorío, entre las que se encontraban las villas de Las Cuevas y de Portilla. La población vivía en constante estado de angustia y desasosiego debido a las arbitrariedades del marqués a la hora de recaudar los impuestos y tributos a los que tenía derecho por concesiones de la corona, a las frecuentes incursiones destructivas de los moriscos sublevados, al asentamiento de las familias de cristianos viejos procedentes de otras regiones de España atraídas por lo que ellas creían su particular “tierra prometida” y, sobre todo, a las razias de los piratas berberiscos para la captura de cristianos viejos y nuevos con el fin de venderlos como esclavos en el norte de África o para reclamar sus rescates a las familias con poder económico para pagarlos.

Vivía por aquella época en la villa de Las Cuevas una pareja de jóvenes enamorados que, al estilo de Romeo y Julieta o de Calisto y Melibea, se veían obligados a mantener en secreto su apasionado amor por miedo a no despertar la ira de sus respectivos padres, especialmente Blanca, hija de don Gonzalo Castellón Ategui, quien no perdía oportunidad para censurar y vituperar con la vehemencia más exacerbada −debido a rencillas motivadas por el repartimiento de las suertes o tierras de labor− a don Gil Auge Vizcaíno, padre del joven Rodrigo, enamorado de Blanca. Un día en que ambos jóvenes, aprovechando la ausencia de don Gonzalo, mantenían un encuentro amoroso a través de la reja del cuarto de Blanca, comenzó a sonar a rebato la campana de la torre del castillo para advertir a la población que debía buscar urgentemente refugio dentro de las murallas. El motivo del preocupante tañido se debía al aviso de que en las playas de Villaricos se había producido un desembarco de piratas berberiscos, desembarco del que habían sido testigos algunos vecinos que se encontraban realizando faenas agrícolas en los pagos y huertas cercanas y que habían corrido hacia la villa dando la voz de alarma.

Entre la sorpresa y el desconcierto del tañer de la campana y el correr despavorido de los vecinos buscando protección en el castillo, el temor y la angustia hizo presa en Blanca al recordar que su padre se encontraba recorriendo con un criado alguna de las huertas de su propiedad en las proximidades de la villa.

−No temas −le dice Rodrigo a su amada−, yo acudiré en ayuda de tu padre después de que te haya acompañado al castillo para tu seguridad.

Convencido el joven enamorado,  a pesar de su tenaz insistencia para que Blanca siga su consejo, de la firme y persistente negativa de ella a abandonar la casa en ausencia de su progenitor, decide marchar en busca de éste después de asegurarse de que Blanca permanecería encerrada en casa en compañía de las criadas y sin abrir a nadie la puerta hasta su regreso. Inmediatamente después de la marcha de Rodrigo, la joven, seguida por las criadas, se dirige a su habitación y se postra de rodillas ante un cuadro de la virgen de las Angustias, a la que profesaba una ferviente devoción, y, al tiempo que le dirige una suplicante plegaria por la seguridad de su padre, enciende unas velas que dejan ver su lacrimosa y afligida mirada.

Al poco tiempo Rodrigo distingue a don Gonzalo y al criado en violenta lucha contra cuatro desconocidos ya en las afueras de la villa, justo en lo que actualmente es la confluencia entre las calles de “El Aire” y “El Farol”, y sin la más mínima duda ni dilación se arroja al combate interponiendo su espada entre la de uno de los piratas y la cabeza de don Gonzalo, que se hallaba caído en tierra con una profunda herida sangrante en su cuerpo; y de una rápida y certera estocada atravesó el corazón al malvado, al tiempo que el criado lograba dejar fuera de combate a otro de los piratas. Viendo el arrojo y valentía de los dos jóvenes recién llegados, los otros dos asaltantes abandonan sin titubeos la lucha poniendo tierra de por medio en precipitada fuga, dando la espalda y abandonando cobardemente a sus compinches.

Trasladado con urgencia don Gonzalo a su casa en grave estado y con la sangre embadurnando todo su cuerpo, Blanca permaneció siempre junto a él hasta que, con los esmerados cuidados del médico de la villa recuperó totalmente la salud y rogó al joven Rodrigo que le perdonara su pasada conducta. Asimismo, mandó llamar a don Gil, con el que se fundió en un estrecho abrazo que selló para siempre una verdadera e íntima amistad, y con ella la grata dicha de que pudieran llamarse ambos padres de Blanca y de Rodrigo, cuyo casamiento se verificó en corto espacio de tiempo. Y termina así la leyenda:

«Blanca, que en su mucha piedad y creencias religiosas atribuía a la protección que le dispensara la Virgen de las Angustias el satisfactorio resultado de todo lo ocurrido […], mandó levantar en el mismo punto en que fue su padre herido, un poste de ladrillo y yeso con un pequeño nicho en su mayor altura, en que se hizo colocar como demostración de su profundo reconocimiento a la Madre de Dios, el cuadro de la divina imagen, ante el cual tantas veces había orado, cuidando de que por la noche la iluminase un farol, para el cual cada día mandaba el aceite necesario».

Después, al crecer el casco urbano de la población fue necesario quitar este poste, pero el cuadro de la virgen fue respetado, colocándose en una hornacina en la fachada de la casa que se construyó en el mismo lugar. Posteriormente, el Sindicato de Riegos −actual propietario del inmueble− restauró la hornacina destruida junto con el cuadro en la guerra incivil de 1936 y puso en lugar de este último el busto de la virgen de las Angustias que hoy conocemos.

Como deduciréis, el farol que Blanca mandó poner encima del poste para que iluminara el cuadro de la virgen es lo que hace que hoy conozcamos esa calle con su nombre, pues en su origen el poste con el farol y la imagen de la virgen estaba ubicado al principio de la misma, aunque actualmente lo veamos en la calle “El Aire”.

¿Y qué creéis que sucedió con el pirata herido? Pues bien, esto es otra leyenda no menos interesante que también tendréis la oportunidad de conocer a su debido tiempo, pues os la contaremos de forma íntegra, como haremos también con la que acabo de resumiros. Pero, repito, eso será “a su debido tiempo”.

Pedro Perales Larios