Cuando las ferias cambiaban de fecha. El cólera morbo de 1885

ENRIQUE F. BOLEA. Desde junio un incesante goteo de noticias inquietaba a las autoridades civiles y sanitarias de la localidad. En la ciudad de Murcia y en otros muchos municipios de aquella provincia el cólera morbo asiático –como entonces se le denominaba– causaba estragos, contándose las víctimas por miles. Los rumores se habían extendido entre una población asustada, en cuya memoria aún residían las espantosas escenas que se vivieron mientras las epidemias de 1855 y 1860 asestaban su zarpazo de muerte. En aquellas ocasiones los arrebatos pestilentes habían dado al traste con los afanes de divertimento de los cuevanos. En 1885 aún vivían los que se acordaban de cómo la feria de 1855 hubo de suspenderse porque un platero de Granada, que hasta la localidad se había desplazado para vender sus artículos en aquella prestigiosa cita comercial, comenzó a manifestar los primeros síntomas de lo que después se diagnosticó como cólera morbo; fue el primer caso en la villa de una epidemia que se extendió como terrible peste por toda la localidad y duró hasta los últimos días de septiembre, tras haber causado un considerable número de víctimas.

Feria ganado El Pilar 1910
Feria del ganado en las inmediaciones de El Pilar hacia 1910 / Foto de Federico de Blain (Col. Enrique F. Bolea).

Cuando los médicos de la localidad detecten y reconozcan el primer caso de este nuevo episodio colérico el 26 de julio de 1885, las autoridades municipales ya habían decidido mantener la cita festiva y comercial en diciembre de ese año, al igual que había acontecido en el precedente de 1884 cuando la trasladaron desde su habitual convocatoria, entre el 2 y el 12 de agosto, hasta las fechas navideñas. Hacían descansar esta precaución en dos factores: por un lado, la escasa población que quedaba en el núcleo durante esos días estivales porque la clase media y la élite burguesa se desplazaban hasta las colonias de baños y los cortijos de las haciendas que poseían por los alrededores, circunstancia que hacía decrecer la animación y la demanda de los productos que allí se vendían; y por otro, el riesgo que se derivaba de las aglomeraciones humanas en tiempos de calor intenso, caldo de cultivo propicio para la propagación descontrolada de enfermedades contagiosas, como la experiencia ponía de manifiesto. Por eso, cuando la invasión colérica traspasó las barreras sanitarias de la localidad aquel verano de 1885 y sembró de muerte el núcleo urbano  y sus contornos, más de un tercio de los residentes habituales estaban fuera. A las clases humildes, en cambio, no les quedaba más remedio que pasar los rigores del estío en la villa y fueron éstas las más afectadas por el virulento brote epidémico.

Feria del ganado en Alguelma en 1905
Feria del ganado en el pago de Alguelma hacia 1905 / Foto de Santos Martínez de Miguel (Col. Carmen Soler González-Grano de Oro)

Pero sería injusto admitir que durante el episodio estuvieron desasistidas. Los cuatro galenos que por entonces ejercían la profesión –Andrés Pérez López, Antonio Pérez Domene, José Alarcón Segura y Francisco Cotau Boscá– no desfallecieron durante aquel interminable mes de agosto en el que la tragedia aposentó sus nefastas consecuencias sobre la población, con 498 invadidos por la enfermedad a lo largo de todo el período. Tampoco hizo dejación la Junta de Sanidad y el propio Ayuntamiento, con su alcalde Diego Casanova Albarracín a la cabeza, que quisieron contrarrestar los nefastos efectos de la enfermedad sobre unos habitantes muy esquilmados por la necesidad con la instalación de dos hospitales para coléricos, uno en Cuevas y el otro en Sierra Almagrera, lazaretos para el aislamiento y un comedor para menesterosos donde se llegaron a repartir durante estos severos días más de 36.000 raciones de comida que amortiguaron el hambre y, en consecuencia, privaron a la epidemia de uno de sus más eficientes aliados.

Sin embargo, a medida que proliferaba el contagio, el miedo, la desesperación de los más desgraciados hacía mella en su pensamiento y lo amedrentaba, preguntándose los todavía sanos cuándo les tocaría a ellos. Se soliviantaba el espíritu de supervivencia hasta el extremo de competir por cualquier mendrugo de pan que ayudase a mantener lejos la fatídica debilidad. En este ambiente de pavor y resistencia habría que situar los hechos que acontecieron a finales de aquel mes de agosto. El Imparcial de Madrid, en un escueto comunicado que vio la luz el 30 de agosto, se hacía eco de que en la villa almeriense de Cuevas había huido en masa la gente rica y acomodada, por temor a ser víctima del cólera, y añadía: “Al verse abandonada y falta de recursos la clase proletaria, se amotinó y asaltó varias casas. […] dice que hubo una colisión tan sangrienta que produjo 17 muertos y 12 heridos”.

A esta información, parece ser que a todas luces sensacionalista, debió responder el alcalde Casanova enviando al mismo medio un escrito, aparecido el 4 de septiembre de 1885, que confirmaba el motín que se había producido el 25 de agosto, aunque precisaba que en el mismo no se habían lamentado ni víctimas mortales ni siquiera heridos. Luego pasaba a enumerar todas las medidas que se habían adoptado para aminorar la perniciosa situación humanitaria por la que atravesaba la localidad, ofreciéndonos en ese momento cuál había sido el detonante de la rebelión popular: “Los braceros han tenido trabajo; se ocuparon unos 700 en el arreglo de caminos vecinales, pero al observarse que no hacían más que entretener el tiempo, creyendo que los fondos obtenidos para los necesitados debían dárseles sin ganarlos trabajando, se suspendieron las obras por un solo día para organizarlas debidamente, y esto fue lo que produjo el motín menos justificado que pueda concebirse”. El primer edil admitía que habían surgido desmanes con gritos de muera el alcalde, la Guardia Civil y la municipal, y que los amotinados también habían realizado algunos disparos “que causaron –afirma– entre ellos mismos levísimas heridas”. Al final relataba que los 1.500 participantes en aquel levantamiento fueron dispersados por las fuerzas públicas sin que ocurriese ninguna desgracia, lo que hacía concluir a Casanova: “lo cual dice por sí solo qué medios emplearon” para disolver aquella algarada.

Cuando esto aconteció el cólera morbo atizaba sus últimos coletazos mortales. De la zona urbana se dio por extinguido el 29 de agosto, mientras que en las diputaciones rurales se prolongó hasta el 7 de septiembre, en que los médicos confirmaron su definitiva desaparición. La pestilencia había consumido la vida de 298 cuevanos y, aunque no alcanzó la virulencia de epidemias precedentes ni se acercó a los estragos que en los meses anteriores había causado en la vecina provincia de Murcia, supuso uno de los episodios más funestos vividos en la localidad a lo largo de toda su historia.