PEDRO LLAGUNO ROJAS: POSOS DE HISTORIA Y CULTURA por Enrique Fernández Bolea

ENRIQUE FERNÁNDEZ BOLEA.

Hay hombres y mujeres a los que es de justicia recordar, reconocer esa generosidad que fluye a medida que su trasiego por la vida va aportando a la comunidad el resultado de su curiosidad. Hay personas dotadas de una profunda inquietud que recuperan el pasado para entregárselo, desprovisto de sombras, al presente. Pedro Llaguno Rojas, nuestro querido y añorado paisano, fue uno de ellos, un rastreador de orígenes que sirvieron y siguen sirviendo para reconocernos como municipio, por aquello de que estamos hechos de tiempo y sin él no somos nada. Pero Pedro fue ante todo y por encima de todo un hombre bueno, cuajado de respetos y de valores, al que recordamos con una sonrisa, esa que siempre nos arrancaba con sus ingeniosas palabras, sus chascarrillos graciosos y aquellas redichas apreciaciones sobre nuestra cercana realidad. Aunque esta jovialidad estuviese salpicada a veces de desánimos, se impuso como un ser dinámico, emprendedor, siempre pertrechado de intereses y proyectos que en algunos casos, por fortuna, reportaron los resultados perseguidos.

De este carácter inquieto es buena muestra su participación en una plataforma asociativa que marcó los derroteros culturales de Cuevas durante los primerísimos años de la década de 1980. En la Asociación Cultural Álvarez de Sotomayor, junto a un amplio grupo de jóvenes y adolescentes inquietos y deseosos de otorgar a su comunidad esa vida cultural y creativa de que carecía, destacó nuestro amigo Pedro, que apenas si había concluido sus estudios universitarios en Granada, a la hora de programar actividades, jornadas, ciclos de cine, semanas culturales, etc., y arrimar el hombro en su organización. En la revista que comenzó a editar aquella agrupación, El Pregonero, insertó sus primeras publicaciones, cuyo contenido giraba en torno a la historia de la localidad, prioridad temática que definirá toda su trayectoria investigadora posterior.

Fruto de un dilatado proceso de años, en el que desarrolló una investigación exhaustiva fundamentada en la consulta de fuentes archivísticas, publicó en 1989, a través del ayuntamiento cuevano, La villa de las Cuevas durante el Antiguo Régimen, una monografía que aborda, con la solvencia de quien domina el método y trabaja con pasión, nuestro deambular como comunidad desde la conquista cristiana hasta las vísperas del descubrimiento de la plata en Almagrera. Se trata de un estudio de referencia para quienes seguimos indagando en nuestro pasado con afán divulgador, y un didáctico acercamiento de tres siglos de historia, hasta ese momento inaccesibles para la mayoría de los cuevanos. No estaría de más reivindicarlo como el primer trabajo serio acerca de nuestra historia local tras décadas de ausencia y esterilidad, un mérito añadido a la calidad de esta monografía.

Como resultado de un curso de turismo organizado por el Ayuntamiento de Cuevas del Almanzora allá por el verano de 1988, del que Pedro fue coordinador y profesor de algunos de los conocimientos impartidos, vio la luz dos años más tarde Cuevas del Almanzora. Compendio de Historia y Geografía. Como su propio título indica, estamos ante una reunión esencial de datos, convenientemente hilvanados, acerca de nuestro municipio. Concebido como una esquemática y práctica guía, al lector se le garantiza con intención didáctica un acceso sencillo a aquellos aspectos más significativos de nuestra historia, del entorno y de los valores de nuestro patrimonio, quizás reivindicado por primera vez como un elemento de primer orden para nuestro desarrollo turístico y cultural.

Pedro fue profesor de Historia, un buen docente a juzgar por las impresiones y opiniones de su antiguo alumnado albojense y veratense, un maestro vocacional que trasladaba la materia que impartía con vivacidad, provista de esa alma que solo puede otorgarle quien la nutre día a día con sus investigaciones. Y es que por estos años de mediados de la década de 1980 su actividad investigadora se acelera y se incrementa, frecuenta los archivos -sobre todo el municipal de Cuevas- con asiduidad en busca de alimento para sus numerosos proyectos. Se detuvo en el estudio pormenorizado del Catastro o Censo del Marqués de Ensenada, en su empeño por desentrañar la distribución de la tierra en la localidad durante el Antiguo Régimen. De este afán surgieron algunos artículos de referencia como el publicado en 1986 en el Boletín de Estudios Almerienses con el título de “La propiedad eclesiástica en la villa de Las Cuevas. 1769”. También, como buen discípulo del historiador Domínguez Ortiz, se adentró en el estudio de los moriscos, del que surgieron algunos artículos entre los que destacó “Los Tudela, una familia morisca que no se fue”, aparecido en la revista Axarquía en su primer número de 1996. Por estos mismos años se entrega con dedicación a desentrañar las genealogías de numerosas familias cuevanas, apellidos que protagonizaron avatares, transformaciones y progresos a lo largo de la historia de nuestra localidad, y, aunque no contaron con la oportunidad de la imprenta, se conservan como uno de sus legados más ricos, a la espera de ver la luz para consulta y disfrute de todos.

Sin embargo, pese a estas prioridades, Pedro persiguió siempre obtener una visión de conjunto de la historia cuevana, al menos de sus épocas moderna y contemporánea, de ahí que abordase avatares significativos distribuidos entre los siglo XVI y XX. La cosecha fue, sin lugar a dudas, rica y amplia, y se halla distribuida en forma de artículos no demasiado extensos, pero muy certeros, por publicaciones periódicas comarcales y provinciales, principalmente acogidos en las páginas de Actualidad Almanzora y La Voz de Almería, medios de los que fue asiduo y recordado colaborador.

Nunca se recluyó en la soledad de la investigación. Su acción cultural siempre fue abierta, y buscó en todo momento que la historia penetrase en la sociedad, bien mediante la divulgación de sus escritos, bien a través de su compromiso, de nuevo, con un ambicioso intento asociativo que nació en 1992 y, a pesar de su agotamiento, ha dejado un poso muy fructífero y duradero. A él se debió la fundación de la Asociación Cultural Amigos de Tombuctú, de la que partieron iniciativas de trascendencia como la recuperación de un hecho histórico de ámbito internacional ligado estrechamente a nuestro municipio. Fue el origen de un acertado hermanamiento entre Cuevas y la exótica ciudad de la Curva del Níger, con sus consecuencias cooperativas; el detonante de un conjunto de publicaciones que han situado los hechos protagonizados por el cuevano Yauder Pachá y sus derivaciones en la historiografía mundial; y el origen de una recuperación bibliográfica y patrimonial, y de su protección, que debe enorgullecernos por lo que supone para la cultura universal. Pues bien, en la génesis de todo esto se halló nuestro querido Pedro, involucrando y comprometiendo a quien pudiese aportar, haciendo partícipe a la sociedad cuevana de la trascendencia que poseía aquella historia que todavía hoy está afortunadamente repleta de vigencia.

Por desgracia, la parca lo arrastró pronto, demasiado pronto, y truncó así una trayectoria de la que nos habríamos beneficiado como sus conciudadanos, infinitamente más de lo que ya lo hemos hecho, pues además de arrojar luz sobre el pasado, habría otorgado esplendor a nuestro presente mediante su incansable actividad cultural e investigadora. No me cabe la menor duda. Por todo lo expuesto, considero que es hora de que nuestra comunidad le responda con la generosidad que merece, que reconozcamos -es de bien nacidos- esa labor callada que ha rellenado de saberes los huecos de nuestra historia, de luces que de otro modo podrían haber quedado apagadas por demasiado tiempo.