¿Sabéis a qué debe su nombre la calle El Farol? (Segunda parte) de PEDRO PERALES

PEDRO PERALES LARIOS. ¿Recordáis aquella leyenda que empecé a contaros en mayo pasado? Comenzaba así: «Corrían los tiempos revueltos y de agitación social de mediados del siglo XVI en los que los marqueses de Los Vélez actuaban despóticamente llevados por su avaricia y afán recaudador como auténticos reyezuelos en las tierras de su señorío, entre las que se encontraban las villas de Las Cuevas y de Portilla».

Continuaba narrando que un joven y apuesto mozo enamorado de una lozana y hermosa doncella no era aceptado por el padre de ésta, y que estando el padre en una finca de su propiedad en las afueras de la villa, en lo que actualmente es el cruce entre las calles de El Aire y de El Farol, fue objeto de un ataque por parte de cuatro piratas berberiscos que venían a capturar a personas para venderlas como esclavas o reclamar un rescate por ellas. El joven acudió en auxilio del padre de su amada y, tras una cruenta lucha, lo liberó y le salvó la vida, con el resultado de un pirata muerto, otro herido y dados a la fuga los dos restantes.

Terminaba esta narración de la siguiente forma: «¿Y qué creéis que sucedió con el pirata herido? Pues bien, esto es otra leyenda no menos interesante que también tendréis la oportunidad de conocer a su debido tiempo».

Hoy, con la intención de desearos UNAS MUY FELICES FIESTAS ÑAVIDEÑAS Y QUE EN EL PRÓXIMO AÑO SE CUMPLAN VUESTRAS EXPECTATIVAS, voy a tratar de resumiros lo que sucedió con el pirata herido. Pero os sugiero, si queréis recordar lo narrado en la primera entrega, que busquéis en internet lo que se publicó en Cuevas Magazine el 15 de mayo de 2017 (https://cuevasmagazine.com/2017/05/15/origen-del-nombre-de-la-calle-el-farol-leyenda-cuevana-por-pedro-perales-larios/).

En lo que dejé para esta segunda parte, continúa narrando la leyenda que, ante lo sucedido, el Concejo de la Villa se constituyó en reunión permanente en el castillo y dispuso que veinte hombres armados acudieran al lugar del lance con el fin de dar sepultura al pirata muerto, prender al herido, si es que aún seguía vivo, para que fuera juzgado de acuerdo con la Ley, y sobre todo para comprobar si el resto de los piratas que habían desembarcado en la costa de Villaricos avanzaban en su incursión hacia la villa o si, por el contrario y como era de desear para evitar más derramamiento de sangre, se habían vuelto en retirada hacia el mar y habían reembarcado alejándose de la costa española.

Comprobado esto último, regresaron al castillo los veinte hombres de armas portando al pirata herido en unas parihuelas construidas de forma provisional con sus armas. Inmediatamente el físico, siguiendo los dictados de su fe cristiana y los propios de su deontología profesional, atendió y realizó las curas adecuadas para evitar que las heridas se infectaran con el consiguiente empeoramiento y la probable muerte del pirata. Éste, fuera ya de peligro, fue encarcelado en el torreón del castillo que forma esquina entre la plaza y el camino de San Diego, conocido entonces como «camino de La Tortuga» o «camino del Cañón», debida esta última denominación al hecho de que un cañón inservible se hallaba colocado en posición vertical en aquella esquina a modo de guardacantón.

Una vez recluido allí el berberisco, bien fuera por la ansiedad, por el miedo, por la soledad, o bien por una más dañina mezcla de todos esos estados de ánimo ante el implacable veredicto que por su alevosa y traidora razzia había de dictar la Real Chancillería de Granada en el proceso que a partir de entonces se le iba a seguir, comenzó en su magín a madurar la única y lógica idea que en tales circunstancias podía concebir. Así que esto último y su mala avenencia con la triste situación de preso, le impulsaron a pasar del pensamiento a la acción aceptando como única puerta hacia la libertad y hacia la vida una enrejada ventana que daba vistas a la plaza. Y haciendo acopio de todas las fuerzas que fue capaz de reunir en tal trance, dedicó todo su tiempo a urdir la fuga. Para ello comenzó por ir separando los hierros de uno de los huecos de la reja con el fin de ensancharlo lo suficiente para que a través de él pudiera su cuerpo franquear este primer obstáculo. Al mismo tiempo, en las pausas que establecía en el desarrollo de esta operación, se afanaba en el desgarramiento en jirones de la tela del jergón que le servía de cama con el fin de enlazarlos en una resistente cuerda que le permitiera el descenso por el exterior del muro y así poder alejarse lo más rápidamente posible de aquel lugar.

Pero no contaba el desgraciado con que, en la época en que sucedió lo que hoy narramos, en el pensamiento y la fe de las gentes de bien existía una justicia divina que se encargaba, entre otros ineludibles deberes, de dictar sus veredictos y ejecutar las sentencias de aquellas personas malvadas que lograban burlar y evadirse de la leyes y la justicia que administraban los hombres. Así que, llegado el momento en que creyó convenientemente concluida la tarea preparatoria, una noche en que supuso a sus guardianes y demás habitantes del castillo entregados a los brazos reparadores de Morfeo, ató un extremo de la improvisada cuerda a los barrotes de la reja y comenzó a introducir su cuerpo por el hueco previamente ensanchado. Pero lo que él había considerado holgada y amplia puerta hacia la libertad, no se sabe si por su mala previsión o por voluntad divina, que para el caso lo mismo da, fue insuficiente para permitir el paso a la totalidad de su cuerpo, que apresado y oprimido por los barrotes comenzó a diseminar, por las reabiertas heridas aún no del todo cicatrizadas, tal cantidad de sangre que, deslizándose hacia abajo por el muro, sirvió de delatora del frustrado propósito a los incautos guardianes.

Y así concluye esta historia o leyenda en la que finalmente pudo actuar, de acuerdo con los códigos morales de su época, la justicia de los hombres, la cual ejecutó su sentencia haciendo que el malaventurado pirata dejara de existir a manos verdugo en aquel mismo lugar en el que él había intentado perpetrar su alevoso crimen, y en aquel triste y aciago día que marcó el principio de su perdición.