CUANDO LOS MINEROS VOLVÍAN A CUEVAS POR NAVIDAD: ALBOROTOS, RIÑAS, BORRACHERAS…, Y UNOS VILLANCICOS

Enrique F. Bolea
Enrique F. Bolea

ENRIQUE FERNÁNDEZ BOLEA. Al atardecer del 23 de diciembre por los senderos de Almagrera, por sus angostos barrancos, se escuchaba un rumor de voces y cánticos que anunciaba el final de la última varada del año. Los mineros, arracimados, abandonaban la sierra porque comenzaba la huelga de la Pascua de Navidad. Desde ese día hasta el 2 de enero cesaba toda actividad en la sierra. Aquellos exhaustos obreros mostraban la alegría propia de quien se liberaba, aunque fuese por un corto intervalo, de un infierno cotidiano, aquel en que se convertía una jornada laboral de doce horas, en medio de una oscuridad insondable, a una profundidad de cientos de metros donde le calor y la humedad impedían respirar, donde se inhalaban las miasmas de una atmósfera insalubre. Mal alimentados y peor tratados, transcurrían sus semanas de lunes a domingo, pues sólo en ocasiones se les concedía asueto la tarde de este último día. Aún faltaba para que la siempre indolente legislación española contemplase, a partir de su aprobación por el Congreso el 3 de marzo de 1904, la denominada Ley de Descanso Dominical, por la que el empresario quedaba obligado a otorgar esta jornada de inactividad a sus trabajadores.

Pero estamos en 1874, y esa medida se hallaba aún muy alejada de la consideración que la patronal, que las sociedades mineras, poseían de las condiciones laborales de los obreros, escasamente reglamentadas y por tanto expuestas a todo tipo de abusos. Por aquellas vísperas natalicias los operarios habían concluido la varada o período de actividad más dilatado del año, iniciado tras la feria que se celebraba en la villa durante los primeros días de agosto. Imaginemos, pues, el estado general de aquellos trabajadores tras cuatro meses sin reposo, en condiciones extremas, con una nutrición deficiente, sin higiene, sin apenas atención sanitaria y, en muchos casos, malviviendo en miserables covachas y chozas. Imaginemos por un momento qué estado se fraguaba en su ánimo cuando el día de cese llegaba, y cuando además en ese mismo día recibían, en muchos casos, el jornal acumulado de toda la varada que, pese a su cortedad, abultaba en unos bolsillos habitualmente vacíos. Tiempo de asueto y dinero sonante, una combinación explosiva para quienes habían transcurrido tantas jornadas en lamentables condiciones, embrutecidos por un trabajo más propio de bestias que de seres humanos. Por su mente, cuando descendían por aquellos accidentados caminos en feliz y liberadora algarabía, atravesarían deseos de olvido, de dejar atrás tanto sufrimiento, de resarcirlo con una merecida diversión. Pero para aquellos desgraciados sólo había una manera de distraerse, más bien una única forma de evadirse de una realidad atroz. Tanta represión comenzaba a aflorar en los ventorrillos del camino que conducía hasta Cuevas. Allí se gastaban las primeras perras en apuestas arriesgadas, en vino peleón, y en un aguardiente mal destilado que asestaba en el cerebro de aquellos malnutridos los terribles efectos de la súbita embriaguez. A partir de ahí todo era posible, porque en el ambiente flotaba la pendencia, renacían odios ocultos o postergados durante tiempo, las palabras se convertían en dardos punzantes que soliviantaban el espíritu. Y de las fajas se extraían las facas, se blandían navajas afiladas que amenazaban de muerte ante la más mínima provocación. Primero la reyerta, después la sangre y, no pocas veces, la muerte.

Panorámica de Cuevas en el primer tercio del siglo XX / Foto de José Ballestrín Fernández-Corredor [Col. Rosa Mª Martínez García]
Panorámica de Cuevas en el primer tercio del siglo XX / Foto de José Ballestrín Fernández-Corredor [Col. Rosa Mª Martínez García]

Llegaban luego a Cuevas en legión, donde una experiencia de décadas avisaba de las trifulcas que estaban por venir. Las autoridades lo sabían y prevenían, pero nunca resultaba suficiente. Desde “El Minero de Almagrera”, el recién estrenado medio de prensa, se alertaba, aunque siempre desde esa doble moral imperante que olvidaba que el origen de tanta violencia radicaba en una vida de miseria, de estrecheces y abusos de las que eran responsables quienes ahora clamaban para aminorar tanto desmán. Los pudientes fundamentaban su análisis en las repercusiones, en cómo se alteraba su tranquilidad: “Las huelgas de todo el año tienen su riesgo más o menos remoto que pueden serles perjudiciales, pero la presente de Pascua de Navidad ofrece un aliciente más al distraído, y poco fundada en la honradez y buena conducta que debe caracterizar a todo hombre de bien” [nº 44, 24/12/1874]. E incluso, desde esa visión paternalista, aconsejaban que fuesen sus mismos capataces o encargados los que les previniesen del peligro de los excesos, de las nefastas consecuencias que la ebriedad y las reyertas a que daban lugar tendrían tanto en ellos como en sus familias. En verdad aquellos acomodados burgueses, dueños de las minas y responsables en parte de esta situación, demostraban su desapego de una realidad donde el capataz no era precisamente para los obreros ese superior amistoso, conciliador, sino un eslabón opresor entre ellos y sus explotadores. Poca confianza, por no decir ninguna, le profesarían.

En plenas fiestas navideñas, la inactividad y los reales recién cobrados animaban a ese ejército de obreros a invadir las tabernas y beber en exceso; aumentaba la presencia de borrachos en las calles y con ellos las peleas, el escándalo y los conflictos no se hacían esperar. La jarana se apoderaba de aquellos tugurios donde, a medida que los vapores etílicos relajaban conciencias, se tañían guitarras que acompasaban cantes y trovos. Y mientras tanto, el Ayuntamiento, que ya había aleccionado a sus escasas fuerzas del orden, enviaba de ronda a guardias y serenos con la intención de evitar lo inevitable. Casi nunca se las apañaban sin el concurso de la Guardia Civil, cuerpo más respetado y eficaz que los responsables de la seguridad municipal, y casi siempre encargados últimos de conducir a los revoltosos, demasiados y demasiado agresivos, hasta la cárcel: “[…] que si antes de llegar a esa imposibilidad física se comete otro u otros excesos, es más que probable que la convalecencia de su voluntario letargo la tenga en un húmedo y obscuro calabozo, y a veces molidos los huesos o agujereado el pellejo en las vinosas contiendas […]” [nº 44, 24/12/1874]. De este modo, el masivo retorno de los mineros a la villa tras la finalización de la varada acarreaba un problema de orden público que la prensa local abordaba con inequívoca preocupación, de ahí que, además de tratarlo en sus ediciones regulares, le dedicase algún que otro extraordinario con pretendido afán aleccionador, y sobre todo sin ahorrar en desconsideraciones hacia quienes alteraban la paz cotidiana: “Pendenciero y atrevido, locuaz y provocador, hiere o mata, sembrando el terror entre sus convecinos, y el luto en cualquier familia; o es herido o muerto, dejando en orfandad a sus hijos, y en dolor a sus padres. Pobre y desesperado, después de haber malgastado sus ahorros, y de haber pasado en la cárcel los días que en justo recreo pudo invertir con alegría de su familia y satisfacción propia; si por conclusión no va a arrastrar una cadena o un grillete, vuélvese otra vez al trabajo, con eternos remordimientos en su alma, sin dejar crédito para que encuentren pan sus hijos, despreciado de sus convecinos, mal mirado de sus compañeros, pobre y miserable en el cuerpo y en el alma, y dejando en la localidad recuerdo de su mala vida, y temor de que otra vez vuelva de la temporada. ¡Qué figura tan repugnante!” [Extraordinario a El Minero de Almagrera, 27/03/1874].

En fin, aquellas navidades de los años en que Almagrera y Herrerías ocupaban a miles de mineros mostraron en la villa, como un elemento más de su cotidianidad, este ambiente alborotado que de ella se apoderaba mientras duraba la última huelga del año. La embriaguez, las consecuentes riñas, las discordias surgidas de pérdidas en el juego, aquello de saldar antiguos odios y recelos encorajinados por la ebriedad, se erigían en moneda de cambio en la Cuevas del último cuarto del siglo XIX. Pero no todo era bronca, también entre los obreros mineros brotaba ese espíritu de fraternidad, de compartir deseos de paz y prosperidad, y a veces lo hacían entonando villancicos propios, de aquella época, como éstos que he podido recuperar, por ahora los únicos genuinamente “almagrerienses”, titulados “Villancicos mineros”:

Los mineros en la sierra
están siempre sepultados,
pero en viniendo la Pascua
son muertos resucitados.
Alegres, contentos,
bendicen a Dios,
que ha traído al mundo
nuestra redención.

Allí debajo de tierra
nunca nos alumbra el sol
y por eso ahora salimos
a que nos alumbre Dios.
Cubierto de estrellas
Jesús se nos muestra
y, en pobre pesebre,
todo un Dios se acuesta.

Allí quedan en la mina
los picos y las barrenas,
que ahora vamos a tocar
zambombas y castañuelas.
Que al niño le gusta
la gente minera
porque canta y toca
al son de esta tierra.

A Belén marchemos todos
a adorar al Dios del cielo,
que no han de ser los pastores
mejores que los mineros.
José y María,
al vernos tan negros,
esconden al niño
porque tienen miedo.

Si ellos le ofrecen gallinas,
pavos, pollos y corderos,
nosotros podemos más,
que le llevamos dinero.
Marchemos gozosos
y cuando lleguemos,
con rodilla en tierra,
a Dios adoraremos.

Vamos junto a Belén,
a ver al Dios de la vida
y de paso le dejamos
muestras de plata nativa.
Pues Él la ha criado
para los de Cuevas,
de agradecimiento
llevemos la muestra.

Y cuando los Reyes vengan
con el oro de su tierra,
ya tendréis, Jesús bendito,
plata de Sierra Almagrera.
Recibid con ella,
como gratos dones,
de aquellos mineros
hoy los corazones.