El último templaor

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PEDRO PERALES LARIOS. Me llamó mucho la atención hace ya bastantes años un artículo de Juan Cuadrado Ruiz (Vera, 1886 – Almería, 1952. Primer director del Museo Provincial por “exigencia expresa” de su amigo y maestro el cuevano de adopción Louis Siret) que llegó a mis manos en un recorte sin fecha de la revista “Almería”. La verdad es que, tanto por su forma literaria (elegante, ágil y amena narración) como por su contenido, merecería la pena reproducirlo íntegramente. Pero dadas las características del presente medio voy a hacer de él un resumen o, al menos, voy a intentarlo procurando que la indudable merma que le infligiré a la esencia de su contenido sea mínima.
Aunque el título alude a un oficio ya desaparecido, el artículo, además, habla también de una curiosa costumbre ya extinta y que estuvo vigente en nuestra tierra hasta la dictadura de Primo de Rivera, una costumbre a la que ya me he referido en otras publicaciones y que excedería los límites de ésta, la ceremonia que Cuadrado tituló al publicarla en la revista “Almería” como “La entrega de la faca (una curiosa y original costumbre almeriense)”. Pero dejemos para otra ocasión esta curiosa costumbre, recogida también por el poeta Sotomayor, a petición –dicho sea de paso– del propio Cuadrado (con quien el poeta cuevense mantuvo una larga, profunda y fructífera amistad), y detengámonos en la que ahora nos ocupa: el oficio de “templaor”, es decir, el oficio de quienes fabricaban, entre otros muchos objetos, las facas, instrumentos imprescindibles para que pudiera celebrarse la costumbre de la que habla el veratense.
En honor a la verdad, tenemos que decir que la fabricación de facas no se trataba de un oficio completa y propiamente dicho, sino más bien de una de las muchas tareas llevadas a cabo por aquellos artesanos que nuestros antepasados y también nosotros –los de mi generación y al menos los de una o dos más posteriores a la mía– hemos conocido en plena actividad indistintamente con los nombres de herreros o fragüeros. Y para seguir rindiendo honor a esa misma verdad, también hemos de decir que este oficio, el de herrero o fragüero, no se ha extinguido, que sigue existiendo en otros países aún en vías de desarrollo, pero lo cierto es que en nuestro ámbito cotidiano ya no es posible contemplar el trabajo y el arte de estos profesionales, a no ser que aún algunos sigan ejerciéndolo por puro romanticismo.
Normalmente nosotros –los que hemos sido testigos presenciales de esta actividad– asociamos este oficio de fragüero (como sucede con aquellos otros de los que también somos testigos pero que ya han desaparecido en nuestro entorno) a las personas concretas que conocimos ejerciéndolo, las cuales les han transmitido a las faenas propias y específicas de la actividad en sí –como es el caso que hoy nos ocupa de la fabricación de las facas– rasgos de su propia personalidad, rasgos que si intentamos eliminar de la imagen que guardamos en nuestra retina la desvirtuarían y deformarían tal y como hoy la recordamos.
Y me vienen a la memoria los cinco últimos talleres que conocí, o que ahora recuerdo, y ante cuyas puertas me detenía con frecuencia a contemplar ensimismado lo que para entonces era para mí –y hoy sigue siéndolo incrementado y con mayor grado de admiración– el mérito de la labor de unos artesanos que el nostálgico paso del tiempo me hace recordar como verdaderos artistas: el maestro Gabriel García, el fragüero de la calle Las Lisas, Alfonso “El mojaquero” (por ser oriundo de Mojácar), al que ayudaba su pequeño hijo Salvador y que tenía la fragua en la calle Torre Peñuela; el más reciente y entrañable Agustín Toledo, con el que desde muy joven aprendió y ejerció el oficio su hijo Pedro, que tenían la fragua en lo que actualmente es la “Avenida de Barcelona” –”Camino Nuevo” para los puristas, o nostálgicos, según se mire–, en la parcela que hoy ocupan las vivienda de los hermanos Francisco y Catina de Haro Carreño. Otra fragua era la que había en la Erica de la Piedad, que después fue trasladada junto a Cuatro Vientos por su dueño, el maestro Domingo Flores. Y dejo para último lugar por lo peculiar y genuino de quien en ella oficiaba con arte y maestría, la del singular y muy conocido Juan Fernández Santiago, “El gorila” (“goril-la” en cuevense castizo), quien, con la ayuda de la primera de sus mujeres, fabricaba las herraduras con que Agapito Sanz herraba las bestias. A Juan Fernández, que aún vive en su barrio de siempre –el Realengo–, solía ayudarle también su suegro, quien, junto a su nieto Luis encontraron trágico fin un aciago día de finales de los 60 o principios de los 70 en un tristemente “anunciado” hundimiento de las cuevas que habitaban en su barrio. Hoy recuerdo aún con bastante frescura al suegro del “Gorila” como la imagen de un hombre “mayor” transportando en su bicicleta, para venderlas en Vera, las rudimentarias hornillas y aquellos característicos calentadores de agua que funcionaban con leña o carbón y que ellos fabricaban con inimitable maestría.
Como ya hemos dicho, una de las múltiples tareas realizadas por estos profesionales de la artesanía, era la de “templaor”. Acerca de ella nos cuenta Cuadrado que en Cuevas existía una “dinastía” de fragüeros –conocidos aquí como “templaores”– que tenían como dedicación exclusiva la fabricación de las famosas y populares “facas de canales”, y la tenían en exclusividad porque se transmitía de padres a hijos como una muy apreciada herencia «el secreto de su temple especialísimo y formidable, temple que no superaron ni los mejores aceros toledanos», y afirma que él conoció al último de estos “templaores”, «muchos hijos de Cuevas del Almanzora le recordarán también seguramente. Le apodaban Emilio el Facas».
Y continúa relatándonos con su peculiar y amena prosa que «cuando vendían una herramienta de este género, la probaban siempre los “templaores” a la vista del comprador. Consistía la prueba en colocar una moneda de cobre de diez céntimos sobre una mesa de madera. El “templaor” asestaba a aquélla, con una precisión admirable, una puñalada, que la atravesaba por completo. Reconocía entonces la punta afiladísima del arma. Si no se había roto ni torcido, exclamaba satisfecho: “¡De recibo!” Como el golpe le ocasionase el más ligero desperfecto, no la vendía, sin templarla nuevamente, ni por su precio –también tradicional: catorce reales, a que se cotizaban siempre– ni por ninguna cantidad que le ofrecieran por importante que esta fuese. Su honrilla de “templaor” estaba en él muy por encima del afán de lucro del comerciante».
Tal era el sentido del honor de una casta de personas poco habitual en nuestros tiempos. Y no es de extrañar que se condujeran con este sentido del honor y la honestidad si tenemos en cuenta que el objeto que salía de sus manos era un «arma noble, algo así como la caballeresca espada medieval», radicalmente opuesta a la pistola, considerada en esta comarca como «arma despreciable y canallesca».