LA DESPENSA DEL PALACETE DE TORCUATO SOLER BOLEA: UNA PROPUESTA DE INTERPRETACIÓN CULTURAL Y PATRIMONIAL

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ENRIQUE FERNÁNDEZ BOLEA. Conocida es la riqueza artística que encierra la que fuese mansión del presbítero Torcuato Soler Bolea, hoy privilegiada sede de la alcaldía y otras dependencias municipales. Tras sus sobrios muros reposa el capricho de quien quiso situar su morada a la altura de una inmensa fortuna, aquella que lo sorpendió cuando de la mina Carmen, de la que fue destacado accionista, brotó un caudaloso venero de plata que lo inundó de opulencia. Quiso el sacerdote que aquel caserón que desde 1842 se estaba haciendo construir no tuviese igual entre los que por entonces comenzaron a levantarse en las inmediaciones, que su sobriedad y monumentalidad exterior poseyesen un contrapunto esmerado, notablemente preciosista, en la decoración de sus estancias y salones; y no escatimó, pues hasta Cuevas hizo venir a artistas como Poncio Ponciano o el británico Almont que iluminaron paredes y techos con destellos pictóricos de inspiración clásica y oriental. Mármoles, maderas, hierros forjados y otros materiales nobles concedieron a aquellas dependencias la suntuosidad que el religioso perseguía, esa distinción que las convirtió en exclusivas, en estancias donde quien en ellas penetrase se apercibiese de inmediato de los lujos que habían traído aquellos argénteos nuevos tiempos.

Pero el orondo cura no sólo persiguió la ostentación, el ser más por tener más, también ambicionó la posteridad. Es verdad que hasta su flamante y céntrico caserón llamó a un pintor de renombre, por entonces domiciliado en Granada, con el encargo de que le concibiese algunos lienzos con los que decorar unos muros de los que no se podía colgar cualquier cosa. Además de óleos de tema bíblico, muy del gusto del hombre de iglesia que se los encomendaba, Andrea Giuliani Cosci, que así se llamaba el artista, afrontó un retrato de considerable formato del corpulento Soler Bolea, con el que el religioso saciaba sus ansias de cederse al mañana, para que todos lo recordasen como aquel a quien el destino o la divinidad le proporcionó la dicha de la riqueza.

Sin embargo, en estos palacetes de nueva planta no todo era apariencia. Había que habilitar espacios dirigidos a un asunto peregrino, aunque nada baladí: el almacenamiento y la conservación de los alimentos. Aquellos estómagos privilegiados precisaban de viandas variadas, abundantes y hasta exóticas. Mucho más Soler Bolea, de quien conocemos su irrefrenable inclinación por el buen yantar, su querencia por el bocado refinado y rebuscado, de ahí que aprovechase los barcos que poseía en propiedad junto a otros armadores para hacerse transportar desde muy lejos manjares que en esta tierra nunca se dieron. Y a estas delicadezas gastronómicas –frutas, salazones, quesos, vinos, etc.- se sumaban los productos que precisaba la cocina diaria, un aprovisionamiento que exigía, por su cantidad y diversidad, de un amplio espacio en donde acumularlo, y que garantizase su perfecta conservación.

Es esta especie de despensa la que por fortuna aún podemos apreciar en el entresuelo izquierdo del palacete. Ahí, después de bajar una corta escalinata, se abre una bodega en ángulo en cuyo primer tramo se distribuyen, encastradas en el suelo, un conjunto de unas treinta tinajas de barro, de notable capacidad, que se empleaban para contener cereales, legumbres, aceite, vino y otros productos alimenticios. Del techo, a lo largo y ancho de la bóveda que cubre el espacio ocupado por los recipientes, cuelgan unas argollas de metal de las que en su día se orearon embutidos, salazones y verduras deshidratadas. Merece este ámbito, ilustrativo de unos usos en estrecha relación con la cotidianidad de aquella burguesía que marcó los destinos cuevanos del XIX, su inmediata recuperación y su integración en el conjunto, como elemento visitable que complemente, desde esos otros aspectos más domésticos, los valores patrimoniales que derrocha nuestro palacete. No estaría de más, tras su acondicionamiento, aprovecharlo para dotarlo de unos elementos interpretativos de los que por ahora carece este emblema de nuestro patrimonio burgués, una oportunidad ineludible si se le quiere liberar del exclusivo uso administrativo que hoy posee y otorgarle ese otro destino cultural que desde un principio se le debió conceder.