El Palacete de Los Figuera y el Museo del Poeta Sotomayor

POR PEDRO PERALES

Uno de los edificios más emblemáticos que actualmente se conservan en el casco urbano histórico de Cuevas del Almanzora es el popularmente conocido como «Casa de los Figueras», sede del Museo José María Martínez Álvarez de Sotomayor, vate local cuevano que dedicó toda su obra literaria (poesía y teatro) a ensalzar, conservar y difundir la lengua, vida y costumbres de las gentes humildes de su comarca, especialmente las dedicadas a las labores agrícolas.

Hoy es un orgullo para el municipio contar con este museo, orgullo que se incrementa al haber quedado ubicado  en un edificio singular y de enjundia palaciega que, según el cronista oficial de Cuevas, Enrique Fernández Bolea, debió ser construido en el lustro comprendido entre los años 1845 y 1850, a juzgar por el aspecto historicista, muy de moda por esos años, con el que lo concibió y construyó el arquitecto, tal y como se aprecia en un rápido análisis exterior de la fachada, en la que destaca una distribución de los vanos propia del mencionado estilo, con especial énfasis en el que hace de soberbio portón de acceso principal, sobre el que luce una balconada de piedra en consonancia con el resto de los elementos.

Destaca de forma llamativa la solidez y sobriedad exterior, con apenas elementos decorativos, menos aún que los observables en el palacete de Torcuato Soler Bolea, de 1844, conocido como «Casa de los Torcuatos», actualmente sede de la Alcaldía, y con el que tanto los naturales como los visitantes rápidamente establecemos comparación.

A pesar de que en la cancela de la entrada consta el año 1881, el citado cronista llega a la anterior conclusión sobre su posible fecha de construcción debido al estilo historicista «ya superado durante estas fechas por otra corriente mucho más ecléctica en donde se vislumbran los primeros escarceos de un incipiente modernismo», tal y como fácilmente puede comprobar quien camine por las calles de El Pilar, de La Rambla y contemple otros edificios de aspecto palaciego construidos a partir de los años 70 como consecuencia del nuevo apogeo de la minería tras el descubrimiento de nuevos yacimientos de plata nativa en Herrerías.

En su interior se encuentran pinturas de alta calidad que fueron realizadas en una de las modificaciones y decoraciones a que fue sometido el palacete en épocas posteriores. Son obra del artista polifacético almeriense Antonio Fernández Navarro, quien, según nos cuenta el cronista, «entre 1902 y 1903 afrontó de manera muy meritoria el adorno de las paredes y techos de la suntuosa casa […] Aunque los ornatos pictóricos de inspiración modernista se reparten por todas las dependencias de la mansión, con guirnaldas de crisantemos, lotos y otros motivos florales, su alarde y mérito creativo se concentró en cuatro estancias: el comedor, en cuyo techo, enmarcado por un artesonado, luce una luminosa composición protagonizada por niños que juegan con flores; el fumador o sala de fumar, pintada al óleo en sus paredes y techos, con motivos orientales que desvelan la fecunda imaginación del artista; el salón, embellecido por un magnífico fresco que representa una alegoría de la primavera; y el patio de luces, todo él profusamente decorado y coronado en el techo del tragaluz por un fresco titulado “Crepúsculo”, que es una preciosa composición en la que la Noche y el Día, felices estudios del desnudo, se agrupan».

Una afortunada coincidencia ha hecho que esta mansión se haya convertido, como queda dicho, en la sede del Museo del Poeta Sotomayor, ya que fue mandada a construir por un tío carnal del poeta, Manuel José Martínez Soler, quien lo regaló a su hija Magdalena Martínez Soler al contraer ésta matrimonio en 1902 con Juan Figuera de Vargas y Coche (París, 1874-Madrid, 1932), nieto de afrancesados que se habían exiliado en Francia después de la Guerra de la Independencia y cuyo apellido Figuera es el que le ha conferido al palacete la denominación con la que actualmente es conocido. Fue precisamente él quien llevó a cabo la reforma interior y quien encargó a Antonio Fernández Navarro, entre otras cosas, la decoración y las pinturas modernistas que, aunque muy deterioradas y clamando por una rápida intervención que evite su desaparición, aún pueden contemplar quienes visiten el Museo.

Como anécdota curiosa, llama la atención el hecho de que este Juan Figuera de Vargas fue el fundador de la productora de cine mudo Goya Film, a la que pertenecen  películas que «fueron éxitos absolutos como La Revoltosa, Malvaloca, Boy o El negro que tenía el alma blanca, película en la que comenzó a despuntar una futura estrella del cine y la canción española: Concha Márquez Piquer. También se forjaron al calor de Goya Film directores tan significativos en la época como Benito Perojo».

Como ya queda dicho y repetido, este palacete alberga el museo del poeta cuevano José María Martínez Álvarez de Sotomayor, que fue inaugurado el 15 de diciembre de 2007. Actualmente contiene una abundante y generosa exposición de objetos, manuscritos, libros, documentos, fotografías, mobiliario, etc., que formaron parte de la vida del autor y que actualmente constituyen un complemento de valor inigualable para conocer mejor el significado de una obra literaria de enorme trascendencia en el conjunto global de nuestro rico patrimonio cultural.

Visitar el museo nos ayudará a entender que el principal mérito de la obra del poeta Sotomayor radica en ser la mejor fuente y documento de valor lingüístico, histórico, social, etnográfico, etc., de que dispone la comarca almeriense del Valle del Almanzora. Gracias a esta obra los cuevanos podemos sentirnos afortunados porque muy pocos pueblos tienen la oportunidad de conocer su pasado reciente como nosotros. Y ello gracias a la labor literaria de un poeta que nos dejó escrito con todo lujo de detalles cómo vivían nuestros antepasados que se dedicaban a las faenas agrícolas. Por esta obra podemos reconstruir de forma bastante completa la vida de una casta de hombres sufridos y abnegados que el autor elevó literariamente al rango de caballeros, los caballeros del campo, como él mismo los denominaba; por esta obra sabemos cómo pensaban, cómo realizaban el trabajo diario, cómo labraban, cómo regaban, cómo trillaban, cómo limpiaban las casas, cómo se confesaban, cómo iban a la escuela, cómo se declaraba el novio a la novia, cómo le decía el hijo a la madre lo mucho que la amaba, cómo jugaban los niños, cómo se les daba valor a objetos que ahora son para nosotros insignificantes, y lo que es más triste, la muerte, la muerte a todas las edades, pero también la alegría, el amor, en definitiva, la vida entera. Y no se limita el mérito de esta obra sólo a preservar esas costumbres y evitar que desaparezcan, al menos en la memoria. También tiene el mérito de hacerlo en la propia forma de expresarse de sus protagonistas, el habla de nuestra tierra, el habla que el labriego utiliza para contarnos una de sus principales tragedias: la sequía y, en consecuencia, la ruina, la pobreza, la miseria, el sacrificio…, la muerte.